Latidos indomables

Mi celular vibró al mensaje de ‘¿cómo estás?’, seguido de un ‘¿qué hacés? ¿tenés ganas de venir a casa y ponernos al día?’.

Hacía mucho que no nos veíamos y hacía bastante que no hablábamos realmente, solíamos hacerlo a diario pero algunas cosas llegan abruptamente a su fin pese a que uno realmente no lo quiera.

Me cambié sin analizar demasiado qué iba a vestir, salí de casa, tomé un colectivo, él ya estaba esperándome en la parada y juntos caminamos hasta su casa. Abrimos un vino, cocinamos y comimos mientras hablábamos sobre nuestras vidas.

Se levantó de la mesa para llevar los platos hacia el lavabo y yo, casi sincronizadamente, lo hice para dirigirme al baño. Ahí estábamos enfrentados después de tanto que habíamos pasado, me miraba a los ojos con la misma luz y amor que alguna vez me enseñó, se acercó un poco más a mi boca, me besó suavemente y me sonrió.

Nuestro cuerpo tiene memoria sensorial, la presión de sus labios sobre los míos, la forma en que me besó y me tomó de la cintura para acercarme más a su cuerpo, sus caricias en mi espalda y en mi cuello fueron un viaje de ida a aquel lugar que alguna vez fue tan reconfortante.

Por momentos estábamos confundidos, miedosos de lastimarnos, buscando aprobación en las acciones del otro. Caminé hacia atrás hasta asentarme contra una pared, él me desabrochó la camisa, yo le saqué la remera. Salté y me así a su cuerpo con las piernas, con una mano me sostenía y al tiempo en que besaba mi cuello, con la otra me desprendió y quitó el corpiño.

Así, poco a poco nos llevó hasta el sillón para perdernos en un mar de besos y caricias. Conoce mis zonas erógenas, mis puntos débiles. Sabe excitarme. Sé excitarlo. Puedo sentirlo en su respiración, en su cuerpo. Teníamos una mezcla de temor, felicidad y un fuego difícil de extinguir.

Me dijo de ir a su habitación y lo seguí convencida. Se desvió para apagar las luces y yo lo hice para ir al baño rápidamente. Tres minutos después salí y no lo encontré en la cama, lo llame por su nombre y lo escuche contestarme desde el comedor. Ahí estaba, sentado en el sillón con su remera puesta. Sabía que algo no iba bien, no era un comportamiento normal en él.

Me puse la camisa y me senté a su lado. Entonces, por primera vez, me miró con los ojos llorosos.

-Me acosté con ella -afirmó y sentí como el mundo se caía a mis pies por escuchar una verdad que ya conocía. -Sigo sintiendo lo mismo por vos, pero no puedo -dijo con la voz entrecortada. -No sos vos, no tenés la culpa.
-Lo sé -le contesté pese a que había intentado culparme tiempo atrás.
-Te amo. Yo, pero yo no -empezó a titubear.
-Yo también -hice una pausa. -Sí, lo sé.

No era necesario que siguiese buscando excusas en su cabeza para justificar el no poder involucrarse realmente con lo que por tanto tiempo había deseado y necesitado, un corazón salvaje.

Bajo tierra

Mi perro, como muchos otros, tiene la costumbre de hacer pozos. Es muy simple darte cuenta cuándo estuvo en el jardín cavando, podés encontrarlo siguiendo el caminito de huellas hasta que llegás a sus patas delanteras llenas de tierra al igual que su trompa.

Una Navidad sacó todos los adornos que el árbol tenía a su altura y los llevó uno a uno hasta el patio, a algunos los escondió, a otros creyó haberlos escondido y al resto los dejó dispersos por la casa. Era una diversión para él y fue un trabajo extra para mí que tuve que desenterrarlos y limpiarlos. Nunca más volvimos a colocar los adornos tan bajo en el árbol. Sólo espero no aprenda a quitar las boas de colores.

Hace unos días vino hacia mí con el hocico lastimado y embarrado, había estado enterrando un hueso. Desde mi punto de vista no encuentro nada atractivo en comer algo que está acompañado de tierra, pero ellos no lo ven así, ellos esconden su comida para reservarla y consumirla más tarde.

Es muy divertido verlo hacer un pozo con tanto entusiasmo y preocuparse por dejarlo bien tapado cuando realmente para mí es fácil descubrir sus escondites por los pequeños montoncitos de tierra que deja.

Limpié su trompa con cuidado sabiendo que en algún momento, si aún le resultaba interesante, volvería a ésos lugares a remover y desenterrar viejos tesoros.


Contrariamente, mi pozo fue profundo y me tomó tiempo. Hacerlo no se sintió divertido ni entretenido pero sé que nadie podría notarlo, nadie más podría saber de su existencia. Yo fui más prolija, no dejé pequeños montoncitos, no dejé rastros.

Mis manos están lastimadas, mis rodillas están sucias, mi cara está manchada. Me creo más liberada.

El tiempo pasará, la tierra se asentará y bajo ella todo quedará. Renacerá o se desintegrará pero yo, en cambio, espero no volver.


Enterrarte, sabiendo cómo encontrarte.

Corona de hielo

Siempre tuvo una manera pasiva de cautivar a cualquiera, parecía que su mística era capaz de atraparte y no dejarte ir jamás. La mayoría caía a su pies sin poder evitar su encanto, hubo pocas excepciones y yo no fui una.

Su sola presencia podía congelar el mismísimo infierno, no necesitabas verla para saber que estaba cerca. Los veranos a su lado eran agridulces, sentías calidez por dentro aunque tu cuerpo necesitaba un abrigo y tus manos estaban entumecidas por el frío.

Su mirada era fatal, casi nunca la dirigía hacia mis ojos y las pocas veces en que lo hizo terminó con todos los esquemas que nadie había logrado quebrantar. Sonreía poco, la mayoría de las veces era forzado o a escondidas, pero cuando sonreía realmente te deshacía el alma de ternura. Y cada vez que te tocaba podías sentir la electricidad correr e invadir tu cuerpo. Se sentía bien, se sentía como el sol en la cara un día de invierno.

Aumentaba tu ritmo cardíaco al punto en que tus latidos sonaban como un zumbido, luego te detenía el corazón y a los segundos lo revivía para después congelarlo y escucharlo astillarse. Era como el juego de las sillas con ella como directora de una orquesta invisible, jamás conocí a alguien con tanta gracia para cambiar de melodía.

Los magos e ilusionistas se veían opacados por sus entradas dramáticas y su facilidad para desvanecerse, el arte de la desaparición era uno de sus fuertes. Al principio no podía manejarlo, realmente nunca me acostumbré a estar sin ella, sólo me adapté, lo que lo empeora.

Si prestabas la suficiente atención, allá, escondido en un rincón de su castillo de hielo, podías ver la realidad. Estaba sola, herida y vacía. El amor la aterraba, no sabía manejarlo, no sabía tratarlo. Lamentablemente nunca comprendió que simplemente se lo deja ser, que se ama y se permite ser amado, que todo ronda a su alrededor y que tiene el poder de cualquier cosa, incluso de salvarte de vos mismo.

Siempre fue la más difícil y a la que más me costó llegar aunque cada tanto me dejaba acercarme, pero casi matemáticamente, por cada cosa que te daba te arrebataba tres, era inevitable, estaba en su ADN.

Ella, la más inalcanzable, pero a la que menos me costó amar.


Mi eje en la orilla

El hombre ha corrompido todo lo que ha podido, ha llegado a los límites y los ha traspasado; el progreso, la comodidad, el dinero y la tecnología parecen ser excusas suficientes. Hemos ido y vuelto desde la costa hasta el bosque más impenetrable, destruyendo, creando, alterando.

Las playas cada vez son más chicas y los balnearios más grandes, pero el mar sigue siendo, pese a todo, imponente, infinito e indomable; podrás ponerle algún que otro límite pero jamás podrás decirle cómo comportarse y eso es lo que lo vuelve tan admirable e irresistible.

Caminar por la orilla sin destino alguno, sintiendo la arena húmeda en mis pies, el sol acariciándome la cara y el viento tan típico acompañando mi andar, hacía que me hamaque dentro mío, alcanzando los extremos, conectándome con mi yo interno. Así, mientras recorría tantos metros imprimiendo un camino de huellas en la orilla del mar, desviándome sólo para subir a un muelle y disfrutar todo desde otra perspectiva, hallé mi eje.

Caía la tarde, refrescaba y el guardavidas de pelo largo cambiaba la bandera. No me había metido al mar y no podía volver al asfalto de la ciudad sin disfrutar de la sensación de libertad y renovación que te da zambullirte literal y completamente en aquella realidad por un momento.

Al principio fui hasta allí, donde la marea alcanza tus pies y lava la orilla, donde si te quedás un rato comenzás a hundirte, donde la naturaleza se ocupa de regalarte las mejores melodías, allí donde el agua arrastra todo lo impuro que intenta aferrarse a tu alma, donde estás a salvo de cualquier cosa, allí donde no importa cuánta gente hay a tu alrededor, son sólo el mar y vos.

Poco a poco fui adentrándome en él, las olas no esperaron demasiado en correr alteradas a darme la bienvenida, envolviéndome, abrazándome. Cada vez que alguna se desvanecía hacia la orilla me rodeaba de millones de burbujas de aire que descansaban sobre la superficie y se aferraban a mi piel hasta que viniese una nueva ola que las empujase. No podía decidirme entre sumergirme y nadar o quedarme en el agua mirando el horizonte. Ya dije cuán irresistible es el mar, ¿cierto?

Lamentablemente, como todos sabemos, en los mejores momentos el tiempo pasa demasiado rápido y tuve que devolverme a la realidad. Volví oxigenada, plena y liviana, hecha una niña en el cuerpo de una mujer adulta, pura nuevamente. Caminé, me duché, armé mi bolso y tomé un colectivo a casa. La escapada parecía haber terminado.

Desde entonces, cuando el día a día me atosiga, cierro los ojos y me transporto, veo las banderas flamear, respiro aquel aire, camino por la orilla  y vuelvo allí donde todo se transforma, donde todo se recicla, allí donde la soledad y la paz me permiten encontrarme nuevamente. Porque puede que físicamente esté acá, pero mi alma sigue en el mar jugando con las olas.



La diagonal

Es muy tarde. Demasiado temprano tal vez. Salgo de casa vistiendo sólo lo puesto. Calles desiertas y el sol asomándose allá a lo lejos; una imagen bastante bella y acogedora a decir verdad.

Yo, con mi paso firme pero tranquilo, disfrutando de la forma en que mis zapatillas tocan, se asientan y se levantan de las veredas, las calles y cada rincón de paso por el que transito. Las yemas de mis dedos y las palmas de mis manos se aventuran en las cientos de texturas que rozan. Ahí voy, despreocupada y nutriéndome de todo lo que está a mi alrededor.

Conozco mi entorno, las calles que rodean mi casa y los caminos para llegar a cada lugar que frecuento. Soy como un pac-man, siempre transitando un mundo plagado de ángulos rectos, yendo hacia un lado y hacia el otro pero sin romper con el patrón.

Camino, camino y camino hasta que repentinamente noto que en una esquina se genera una diagonal y la tomo sin pensarlo dos veces. Es una nueva aventura, una que me llena de emoción y me genera adrenalina. Se siente como un mundo nuevo, como si hubiese cruzado a través de una puerta mágica que te traslada a otra dimensión.

Una sensación nueva recorre cada uno de mis nervios. Mirada emocionada, respiración acelerándose. Me siento como un niño y no podría estar mejor.

Tal vez me pierda, es una gran posibilidad dado a que acostumbro a vivir dentro de un mundo a cuadros y con rutas predeterminadas. Como dije, el sol recién está saliendo, tengo todo el día para descubrir un nuevo camino a casa.

Tal vez me pierda. Tal vez me encuentre.


Te quiero, te quiero lejos

Hoy, hoy después de tantos años te dejo ir.

Te perdono por la sutileza con la que comenzaste a lastimarme y hasta por la violencia con la que lo hiciste también. Me perdono por haber caído en tus redes y por haberte permitido dañar mi salud mental. Nos perdono por tanta guerra.

Me ataste y golpeaste. Así descubrí cuánto era capaz de resistir y cómo defenderme. ¿Cuán enfermo sería que te lo agradezca?

Ya no quiero más mensajes durante el día, no te quiero cerca cuando duermo y tampoco deseo tu saludo al despertarme.

Renuncio a la comodidad, a la zona de confort, a ocultarme detrás tuyo y a usarte como escudo. Hoy puedo sola, tengo que hacerlo, me lo debo.

Me encontraste vulnerable y pura. Llegaste a convencerme de que me dabas todo lo que merecía, ¿cómo pudiste hacerlo? ¡Quedé jodida! Una vez más, te perdono.

Te suelto, soltame también. Andate lejos, yo merezco alcanzar el horizonte.

‘Toda relación deja una enseñanza’ me dijeron hace poco, y he aquí una de las más importantes que he tenido en la vida, no volver a permitir ser sometida, nunca más.

Hoy te arranco de mí. Hoy me despido y te dejo ir.

Llamada en espera

Eran las dos de la mañana e Internet se cortó. Son pocos los que ante una situación así directamente apagan la computadora y se van a la cama, definitivamente yo no pertenezco a esa minoría.

Reinicié el módem cuatro veces. Lo desconecté y volví a conectar. Nada. No había Internet, no iba a solucionarse tan fácil y rápidamente.

Busqué una factura de mi proveedor de Internet, marqué el número, llamé y puse el teléfono en altavoz. Sonó tres veces, luego se produjo un silencio que no entendí, no comprendía si se había cortado la llamada o me había atendido.

-Hola. ¿Hola? -, dije.

No. Nadie. Nada.

A los segundos suena una contestadora.

-Bienvenido a InterCable. Consultas técnicas ingrese 1. Consultas administrativas ingrese 2. Por consultas de progra...

Presiono 1 antes de que termine de reproducirse todo. Una música comienza a sonar. Las melodías son sinónimo de espera y no me agradan. A los dos segundos:

-Para consultas técnicas de televisión por cable ingrese 1. Para soporte técnico de Internet ingrese 2.

Marco 2.

-Al finalizar la llamada usted podrá realizar una breve encuesta de dos preguntas. Con el objeto de mejorar nuestra atención esta comunicación podría estar siendo grabada.

Un breve momento de silencio seguido por:

-En este momento la espera aproximada es de seis minutos.

Y así, nuevamente, comienza una música que no hace otra cosa que repetirse y generarte un inevitable dolor de cabeza. Sabía que debía esperar seis minutos, cinco tal vez o siete, nadie podría decírmelo. Pasaron dos minutos y la melodía ya había perforado mi tímpano. Bajé el volúmen.

Ahí estaba yo, aguardando sentada frente al monitor mirando una pantalla blanca con un pequeño dinosaurio y un cartel que me recordaba que no tenía Internet. Así, con una llamada en espera, descubrí que delante mío tenía un juego. ¡Sí, con la barra espaciadora podía jugar!

Doy inicio al juego, viene un cactus, salto; viene otro, vuelvo a saltar; ahora un pájaro, me quedo quieta sin pulsar nada; otro cactus. Game Over. Barra espaciadora, cactus, cactus, cactus, ave, cactus y mi dinosaurio saltando feliz y con los bracitos extendidos.

Una llamada en espera.

Pese a que podía entretenerme con algo, la ansiedad era inevitable para mí. No soy una persona a la que le guste esperar ya que siento que en en medio de la espera tu vida se esfuma. No me gusta, justamente, porque siento que ya esperé demasiado. Esperé en demasiadas colas de supermercados mientras mentalmente apostaba sobre quién pagaría con efectivo y quién usaría una tarjeta de crédito, siempre  parecía que las personas de las otras cajas se movía más rápido. Esperé el colectivo por horas, con frío, calor, sed, hambre y hasta miedo. Esperé a que el calendario o la hora avanzasen para que llegue un momento particular.  Esperé invitaciones que nunca llegaron. Esperé mensajes demorados. Esperé decisiones inciertas.

Esperar me inquieta, me genera malestar y no puedo manejarlo durante mucho tiempo sin demostrar frustración. Esperar me impacienta y no hay remedio para ello.

«Estoy volviéndome buena en este juego, mi puntuación está mejorando».


A los nueve minutos, finalmente, me atiende una chica.

-Hola, buenas noches. Mi nombre es Micaela. ¿Cómo se llama usted?
-Harleen. ¿Necesita mi número de cliente? -pregunto ya conociendo el procedimiento.
-Sí, por favor.
-123456
-¿Cuál es su consulta? -dice hasta casi amigablemente.
-Hace veinte minutos que se me cortó Internet.
-Ahora la derivo con el sector de atención técnica, no corte.
«¿Tengo que volver a esperar? ¿Por qué no hace todo una misma persona?», pienso indignada.

Música, de nuevo. Llamada en espera. Inquietud creciente.

-Hola, buenas noches. Me llamo Pablo. ¿Cuál es su nombre?
-Harleen.
-¿Qué problema tiene?
-Hace veinte minutos que se me cortó Internet -respondo automáticamente casi interrumpiéndolo. «De nuevo las mismas preguntas, éstos no se comunican entre ellos», me digo a mí misma.
-¿Desconectó el cable conector del módem?
-Sí, lo desconecté, lo conecté, lo apagué, lo prendí, ya hice todo. No anda -digo cansada.
-Voy a revisar su conexión, aguarde en línea.
-Bueno.
Pasan los segundos, puedo sentirlo tipear.
-Señora, no me corte.
-No
«¿Por qué razón cortaría después de haber esperado todo este tiempo? Señora no, ¡no soy una señora! Harleen, calmate», pienso sin decir nada.
-Ya revisé, por lo que veo está todo bien. Mañana la llamamos para mandarle un técnico porque debe ser un problema de su módem.
-No es un problema de mi módem, mis vecinos tampoco…
-Mañana un técnico la llama y acuerdan una cita. Deme su número de teléfono y su dirección.
-¿Mi número de teléfono y mi dirección? ¿No podés ver eso en pantalla? -cuestiono ya tuteándolo.
-Estoy sin sistema.
-No voy a darte mis datos, si el problema continúa mañana vuelvo a llamar, gracias -y corto la comunicación indignada.
«Claro, cada vez que llamo están sin sistema. Tengo una puntería increíble. Debería ir a practicar arquería, me iría bastante bien», mi irritación había aumentado.

Vuelvo a jugar con mi nuevo amigo, era bastante entretenido a decir verdad. Al rato termino apagando todo y yéndome a acostar. No se puede esperar por siempre, no había mucho más para hacer.

Una llamada en espera, música y el juego de un dinosaurio.

Una llamada en espera. Ansiedad, irritación, indignación, inquietud, frustración, malestar.

Nosotros, una eterna llamada en espera.


-Bienvenido a la realidad. Si quiere seguir esperando ingrese 1. Si quiere seguir su vida corte la llamada.

Mirándonos

Una mirada cómplice.

(Su perfume. Su perfume justificando la punta de mi nariz rozando su cuello y él observándome de costado. Su boca y su esbozo de sonrisa. Sus labios que disimuladamente y casi por accidente tocaron mínimamente los míos. Un beso corto, uno de prueba y aprobación. Una sonrisa miedosa y mis latidos aumentando el ritmo. Su mano derecha tomándome suavemente de la nuca, la izquierda en mi cintura atrayéndome hacia él. Beso, beso, beso, toda una seguidilla de besos y caricias hasta descubrir mis manos bajo su camiseta y mis yemas acariciándolo cada vez con más fuerza. Deseo.
Deseo desesperado. Mi remera en el piso. Deseo desenfrenado. Un desfile de prendas dispersas entre el suelo y la cama. Mis manos aferrándome a su cuerpo como si dependiéramos de él.  Besos, besos en la boca, besos en el cuello antecediendo a las mordidas y a los besos en mi torso. Deseo que esperaba el siguiente acto, deseo que lo necesitaba para aquietarse pero que contenía su desesperación porque en el fondo sabía cómo terminaría. Dos cuerpos completamente extasiados. Respiraciones aceleradas y entrecortadas. Mi mano izquierda asida a las sábanas y la derecha sin poder desprenderse de su cuerpo. Deseo acallado de golpe. Mi cabeza en su pecho, su mano acariciándome. Redescubrimiento. Repetición).

Una mirada cómplice.

Todo. Nada.

Mentol y memorias

Sonó el despertador, ése ruidito ensordecedor que te indica que ya se acabó el tiempo para dormir. Luego de postergarlo más de una vez me incorporo en la cama, me levanto, me acomodo el pijama y me calzo.

Aún algo dormida y zigzagueando me dirijo hacia el baño. El sonido al tirar la cadena, seguido del provocado por el correr del agua al abrir la canilla. Me lavo las manos, tomo automáticamente mi cepillo de dientes, pongo una porción de pasta dental sobre el, vuelvo a colocarla en el vaso y mi mirada queda fija allí.

Mi mirada queda fija pero no en mi dentífrico, ni en el vaso, ni en mi viejo cepillo de dientes que ya tendría que haber tirado. Queda fija en el suyo, y así, mientras lavo mis dientes, una sucesión casi infinita de momentos impacta en mí.

Recuerdo el día en que se lo regalé diciendo ‘de ahora en adelante éste va a ser tuyo, dejalo junto al mío’, su mirada confundida y su felicidad. Recuerdo todas las noches en que se quedó a dormir en casa. Recuerdo ordenar la habitación para incluír un colchón más. Recuerdo que por alguna extraña razón siempre usó las mismas sábanas, las de las flores anaranjadas. Recuerdo que sumé su almohada a las que uso diariamente en mi cama. Recuerdo sus quejas porque, sin darme cuenta, le tiraba cosas mientras dormía. Recuerdo que solía despertarse temprano, buscar el control del televisor o algún libro para hacer tiempo hasta que yo decidiese que era momento de empezar el día. Recuerdo que prefería usar de pijama una de mis remeras. Recuerdo que se ponía triste al verme tener pesadillas y que una vez me dijo ‘no sabía qué hacer, realmente la estabas pasando mal’. Recuerdo sus caricias y besos por la mañana. Recuerdo organizarnos para cambiarnos y para usar el baño. Recuerdo rascar la puerta sólo para molestar. Recuerdo que después de que se quedó la primera vez volví a dormir a aquel colchón porque tenía su perfume. Recuerdo que no había nada mejor que ver su sonrisa a mi lado al despertar...

Durante todo el tiempo que duró el cepillado, mi mirada quedó congelada allí y los recuerdos se empujaban uno al otro como fichas de dominó. Enjuagué y volví a dejar el cepillo en el vaso.

Lavé mi cara, y así, el agua funcionó igual que el despertador que me había obligado a levantar hacía unos minutos. Seguí con mi día yendo a la cocina a prepararme el desayuno, mientras mi mente avanzaba zigzagueando entre recuerdos desvaneciéndose.

¿Recuerdas?

Recuerdos que se instalaron en mi memoria, recuerdos imborrables, recuerdos que lastiman, recuerdos que marcan, recuerdos que enseñan.

¿No recuerdas la canción que me dedicaste aquella noche? No la conocía y hoy rige mi vida, una simple melodía que resuena permanentemente en mi cabeza, que retumba en mi interior, que carcome mi alma e ilumina mi camino.

¿Y aquellas hermosas palabras cuando lloraba desconsoladamente? Los problemas parecían minúsculos cuando estaba entre tus brazos. Me hablabas al oído, tocabas mi pelo, acariciabas mi espalda, me serenabas y me hacías sentir en casa.

¿La flor que cortaste de ese hermoso árbol? La colocaste en mi pelo, me decías que me veía radiante, que opacaba a esa flor. Aún la tengo guardada dentro del libro que me regalaste.

¿Tampoco recuerdas el libro? Era uno de tus favoritos. Dentro tenía una hermosa dedicatoria, corta pero no por ello menos hermosa. Estaba envuelto en un papel de corazones, seguro no lo recuerdas ¿o sí?

¿Y nuestra primera vez? Hablamos de ella incontables veces pero, definitivamente, no podrías recordarla, nunca existió.

Mientras te transformabas extrañamente ante mis ojos, yo me volví una extraña, una extraña más en esta enorme ciudad.

No me recuerdas, no te reconozco.