Bajo tierra

Mi perro, como muchos otros, tiene la costumbre de hacer pozos. Es muy simple darte cuenta cuándo estuvo en el jardín cavando, podés encontrarlo siguiendo el caminito de huellas hasta que llegás a sus patas delanteras llenas de tierra al igual que su trompa.

Una Navidad sacó todos los adornos que el árbol tenía a su altura y los llevó uno a uno hasta el patio, a algunos los escondió, a otros creyó haberlos escondido y al resto los dejó dispersos por la casa. Era una diversión para él y fue un trabajo extra para mí que tuve que desenterrarlos y limpiarlos. Nunca más volvimos a colocar los adornos tan bajo en el árbol. Sólo espero no aprenda a quitar las boas de colores.

Hace unos días vino hacia mí con el hocico lastimado y embarrado, había estado enterrando un hueso. Desde mi punto de vista no encuentro nada atractivo en comer algo que está acompañado de tierra, pero ellos no lo ven así, ellos esconden su comida para reservarla y consumirla más tarde.

Es muy divertido verlo hacer un pozo con tanto entusiasmo y preocuparse por dejarlo bien tapado cuando realmente para mí es fácil descubrir sus escondites por los pequeños montoncitos de tierra que deja.

Limpié su trompa con cuidado sabiendo que en algún momento, si aún le resultaba interesante, volvería a ésos lugares a remover y desenterrar viejos tesoros.


Contrariamente, mi pozo fue profundo y me tomó tiempo. Hacerlo no se sintió divertido ni entretenido pero sé que nadie podría notarlo, nadie más podría saber de su existencia. Yo fui más prolija, no dejé pequeños montoncitos, no dejé rastros.

Mis manos están lastimadas, mis rodillas están sucias, mi cara está manchada. Me creo más liberada.

El tiempo pasará, la tierra se asentará y bajo ella todo quedará. Renacerá o se desintegrará pero yo, en cambio, espero no volver.


Enterrarte, sabiendo cómo encontrarte.

Corona de hielo

Siempre tuvo una manera pasiva de cautivar a cualquiera, parecía que su mística era capaz de atraparte y no dejarte ir jamás. La mayoría caía a su pies sin poder evitar su encanto, hubo pocas excepciones y yo no fui una.

Su sola presencia podía congelar el mismísimo infierno, no necesitabas verla para saber que estaba cerca. Los veranos a su lado eran agridulces, sentías calidez por dentro aunque tu cuerpo necesitaba un abrigo y tus manos estaban entumecidas por el frío.

Su mirada era fatal, casi nunca la dirigía hacia mis ojos y las pocas veces en que lo hizo terminó con todos los esquemas que nadie había logrado quebrantar. Sonreía poco, la mayoría de las veces era forzado o a escondidas, pero cuando sonreía realmente te deshacía el alma de ternura. Y cada vez que te tocaba podías sentir la electricidad correr e invadir tu cuerpo. Se sentía bien, se sentía como el sol en la cara un día de invierno.

Aumentaba tu ritmo cardíaco al punto en que tus latidos sonaban como un zumbido, luego te detenía el corazón y a los segundos lo revivía para después congelarlo y escucharlo astillarse. Era como el juego de las sillas con ella como directora de una orquesta invisible, jamás conocí a alguien con tanta gracia para cambiar de melodía.

Los magos e ilusionistas se veían opacados por sus entradas dramáticas y su facilidad para desvanecerse, el arte de la desaparición era uno de sus fuertes. Al principio no podía manejarlo, realmente nunca me acostumbré a estar sin ella, sólo me adapté, lo que lo empeora.

Si prestabas la suficiente atención, allá, escondido en un rincón de su castillo de hielo, podías ver la realidad. Estaba sola, herida y vacía. El amor la aterraba, no sabía manejarlo, no sabía tratarlo. Lamentablemente nunca comprendió que simplemente se lo deja ser, que se ama y se permite ser amado, que todo ronda a su alrededor y que tiene el poder de cualquier cosa, incluso de salvarte de vos mismo.

Siempre fue la más difícil y a la que más me costó llegar aunque cada tanto me dejaba acercarme, pero casi matemáticamente, por cada cosa que te daba te arrebataba tres, era inevitable, estaba en su ADN.

Ella, la más inalcanzable, pero a la que menos me costó amar.