El hombre ha corrompido todo lo que ha podido, ha llegado a los límites y los ha traspasado; el progreso, la comodidad, el dinero y la tecnología parecen ser excusas suficientes. Hemos ido y vuelto desde la costa hasta el bosque más impenetrable, destruyendo, creando, alterando.
Las playas cada vez son más chicas y los balnearios más grandes, pero el mar sigue siendo, pese a todo, imponente, infinito e indomable; podrás ponerle algún que otro límite pero jamás podrás decirle cómo comportarse y eso es lo que lo vuelve tan admirable e irresistible.
Caminar por la orilla sin destino alguno, sintiendo la arena húmeda en mis pies, el sol acariciándome la cara y el viento tan típico acompañando mi andar, hacía que me hamaque dentro mío, alcanzando los extremos, conectándome con mi yo interno. Así, mientras recorría tantos metros imprimiendo un camino de huellas en la orilla del mar, desviándome sólo para subir a un muelle y disfrutar todo desde otra perspectiva, hallé mi eje.
Caía la tarde, refrescaba y el guardavidas de pelo largo cambiaba la bandera. No me había metido al mar y no podía volver al asfalto de la ciudad sin disfrutar de la sensación de libertad y renovación que te da zambullirte literal y completamente en aquella realidad por un momento.
Al principio fui hasta allí, donde la marea alcanza tus pies y lava la orilla, donde si te quedás un rato comenzás a hundirte, donde la naturaleza se ocupa de regalarte las mejores melodías, allí donde el agua arrastra todo lo impuro que intenta aferrarse a tu alma, donde estás a salvo de cualquier cosa, allí donde no importa cuánta gente hay a tu alrededor, son sólo el mar y vos.
Poco a poco fui adentrándome en él, las olas no esperaron demasiado en correr alteradas a darme la bienvenida, envolviéndome, abrazándome. Cada vez que alguna se desvanecía hacia la orilla me rodeaba de millones de burbujas de aire que descansaban sobre la superficie y se aferraban a mi piel hasta que viniese una nueva ola que las empujase. No podía decidirme entre sumergirme y nadar o quedarme en el agua mirando el horizonte. Ya dije cuán irresistible es el mar, ¿cierto?
Lamentablemente, como todos sabemos, en los mejores momentos el tiempo pasa demasiado rápido y tuve que devolverme a la realidad. Volví oxigenada, plena y liviana, hecha una niña en el cuerpo de una mujer adulta, pura nuevamente. Caminé, me duché, armé mi bolso y tomé un colectivo a casa. La escapada parecía haber terminado.
Desde entonces, cuando el día a día me atosiga, cierro los ojos y me transporto, veo las banderas flamear, respiro aquel aire, camino por la orilla y vuelvo allí donde todo se transforma, donde todo se recicla, allí donde la soledad y la paz me permiten encontrarme nuevamente. Porque puede que físicamente esté acá, pero mi alma sigue en el mar jugando con las olas.
