Sonó el despertador, ése ruidito ensordecedor que te indica que ya se acabó el tiempo para dormir. Luego de postergarlo más de una vez me incorporo en la cama, me levanto, me acomodo el pijama y me calzo.
Aún algo dormida y zigzagueando me dirijo hacia el baño. El sonido al tirar la cadena, seguido del provocado por el correr del agua al abrir la canilla. Me lavo las manos, tomo automáticamente mi cepillo de dientes, pongo una porción de pasta dental sobre el, vuelvo a colocarla en el vaso y mi mirada queda fija allí.
Mi mirada queda fija pero no en mi dentífrico, ni en el vaso, ni en mi viejo cepillo de dientes que ya tendría que haber tirado. Queda fija en el suyo, y así, mientras lavo mis dientes, una sucesión casi infinita de momentos impacta en mí.
Recuerdo el día en que se lo regalé diciendo ‘de ahora en adelante éste va a ser tuyo, dejalo junto al mío’, su mirada confundida y su felicidad. Recuerdo todas las noches en que se quedó a dormir en casa. Recuerdo ordenar la habitación para incluír un colchón más. Recuerdo que por alguna extraña razón siempre usó las mismas sábanas, las de las flores anaranjadas. Recuerdo que sumé su almohada a las que uso diariamente en mi cama. Recuerdo sus quejas porque, sin darme cuenta, le tiraba cosas mientras dormía. Recuerdo que solía despertarse temprano, buscar el control del televisor o algún libro para hacer tiempo hasta que yo decidiese que era momento de empezar el día. Recuerdo que prefería usar de pijama una de mis remeras. Recuerdo que se ponía triste al verme tener pesadillas y que una vez me dijo ‘no sabía qué hacer, realmente la estabas pasando mal’. Recuerdo sus caricias y besos por la mañana. Recuerdo organizarnos para cambiarnos y para usar el baño. Recuerdo rascar la puerta sólo para molestar. Recuerdo que después de que se quedó la primera vez volví a dormir a aquel colchón porque tenía su perfume. Recuerdo que no había nada mejor que ver su sonrisa a mi lado al despertar...
Durante todo el tiempo que duró el cepillado, mi mirada quedó congelada allí y los recuerdos se empujaban uno al otro como fichas de dominó. Enjuagué y volví a dejar el cepillo en el vaso.
Lavé mi cara, y así, el agua funcionó igual que el despertador que me había obligado a levantar hacía unos minutos. Seguí con mi día yendo a la cocina a prepararme el desayuno, mientras mi mente avanzaba zigzagueando entre recuerdos desvaneciéndose.
