Es muy tarde. Demasiado temprano tal vez. Salgo de casa vistiendo sólo lo puesto. Calles desiertas y el sol asomándose allá a lo lejos; una imagen bastante bella y acogedora a decir verdad.
Yo, con mi paso firme pero tranquilo, disfrutando de la forma en que mis zapatillas tocan, se asientan y se levantan de las veredas, las calles y cada rincón de paso por el que transito. Las yemas de mis dedos y las palmas de mis manos se aventuran en las cientos de texturas que rozan. Ahí voy, despreocupada y nutriéndome de todo lo que está a mi alrededor.
Conozco mi entorno, las calles que rodean mi casa y los caminos para llegar a cada lugar que frecuento. Soy como un pac-man, siempre transitando un mundo plagado de ángulos rectos, yendo hacia un lado y hacia el otro pero sin romper con el patrón.
Camino, camino y camino hasta que repentinamente noto que en una esquina se genera una diagonal y la tomo sin pensarlo dos veces. Es una nueva aventura, una que me llena de emoción y me genera adrenalina. Se siente como un mundo nuevo, como si hubiese cruzado a través de una puerta mágica que te traslada a otra dimensión.
Una sensación nueva recorre cada uno de mis nervios. Mirada emocionada, respiración acelerándose. Me siento como un niño y no podría estar mejor.
Tal vez me pierda, es una gran posibilidad dado a que acostumbro a vivir dentro de un mundo a cuadros y con rutas predeterminadas. Como dije, el sol recién está saliendo, tengo todo el día para descubrir un nuevo camino a casa.
Tal vez me pierda. Tal vez me encuentre.
