Corona de hielo

Siempre tuvo una manera pasiva de cautivar a cualquiera, parecía que su mística era capaz de atraparte y no dejarte ir jamás. La mayoría caía a su pies sin poder evitar su encanto, hubo pocas excepciones y yo no fui una.

Su sola presencia podía congelar el mismísimo infierno, no necesitabas verla para saber que estaba cerca. Los veranos a su lado eran agridulces, sentías calidez por dentro aunque tu cuerpo necesitaba un abrigo y tus manos estaban entumecidas por el frío.

Su mirada era fatal, casi nunca la dirigía hacia mis ojos y las pocas veces en que lo hizo terminó con todos los esquemas que nadie había logrado quebrantar. Sonreía poco, la mayoría de las veces era forzado o a escondidas, pero cuando sonreía realmente te deshacía el alma de ternura. Y cada vez que te tocaba podías sentir la electricidad correr e invadir tu cuerpo. Se sentía bien, se sentía como el sol en la cara un día de invierno.

Aumentaba tu ritmo cardíaco al punto en que tus latidos sonaban como un zumbido, luego te detenía el corazón y a los segundos lo revivía para después congelarlo y escucharlo astillarse. Era como el juego de las sillas con ella como directora de una orquesta invisible, jamás conocí a alguien con tanta gracia para cambiar de melodía.

Los magos e ilusionistas se veían opacados por sus entradas dramáticas y su facilidad para desvanecerse, el arte de la desaparición era uno de sus fuertes. Al principio no podía manejarlo, realmente nunca me acostumbré a estar sin ella, sólo me adapté, lo que lo empeora.

Si prestabas la suficiente atención, allá, escondido en un rincón de su castillo de hielo, podías ver la realidad. Estaba sola, herida y vacía. El amor la aterraba, no sabía manejarlo, no sabía tratarlo. Lamentablemente nunca comprendió que simplemente se lo deja ser, que se ama y se permite ser amado, que todo ronda a su alrededor y que tiene el poder de cualquier cosa, incluso de salvarte de vos mismo.

Siempre fue la más difícil y a la que más me costó llegar aunque cada tanto me dejaba acercarme, pero casi matemáticamente, por cada cosa que te daba te arrebataba tres, era inevitable, estaba en su ADN.

Ella, la más inalcanzable, pero a la que menos me costó amar.