Secundario

Recuerdo la primera vez que lo vi, todo mi alrededor estaba calmo y al escucharlo hablar identifiqué su voz que minutos antes había sobresalido de entre la multitud, grave y seductora.

Pese a mi forma de ser nunca llamé demasiado la atención por lo que jamás pensé que iba a acercarse a mí para hablar, no imaginé que con el pasar del tiempo sus besos de despedida iban a acercarse cada vez más a mi boca.

Dicen que lo prohibido atrae y no podría estar más de acuerdo. Prohibida debería haber estado su invitación, prohibido tendría que haber estado que yo aceptase. En transgredir los límites parecía que éramos los mejores y hasta puede que reescribiéndolos lo hayamos sido.

Disfrutaba cada minuto a solas tanto como sufría los momentos en que estaba con ella. Deseaba que tome mi mano al caminar por la calle o poder estar a su lado en una reunión con amigos. Lo necesitaba.

Comprendí que el protagónico es importante pero un buen secundario suma, mientras que a la vez entendí que no quería sumar hacia su lado restando del mío. Mantengamos las cuentas claras se suele decir.

No sé si era amor, nunca entendí qué sentía por mí ni tampoco qué sentía realmente por ella. Sólo sé que el deseo era irresistible y que estar bajo las sábanas con él no podía sentirse mejor, pero ya estaba perdiendo el aire en sus brazos y en control en cada uno de sus besos.

En el escenario del amor merezco todas las luces apuntándome y no un papel secundario; antes elijo estar sin ninguna luz en lo absoluto.


Me bajo de esta obra.

1666

Rojo. Atracción. Deseo. Pasión. Calidez. Amor. Peligro. Prohibición. Su color preferido. El vestido que usé la vez en que salimos a cenar con amigos. Las marcas de mi labial en su cuello.

Naranja. Entusiasmo. Alegría. Juventud. Fortaleza. Dinamismo. La llama de la vela que ardió tan fuerte como el fuego que intentamos apaciguar.

Amarillo. Positividad. Energía. Felicidad. Honor. Fortaleza. El vino con el que brindamos aquella noche que decidimos irnos lejos y escapar por un momento de esta ciudad.

Verde. Armonía. Frescura. Seguridad. Estabilidad. Serenidad. El pasto que tanto me molestaba arrancase mientras hablábamos. Las flores que acostumbraba a fumar.

Celeste. Salud. Suavidad. Tranquilidad. Entendimiento. Profundidad. El cielo que nos cubrió durante tantas tardes de encuentros. El color que más extraño sentaba a su piel.

Azul. Lealtad. Confianza. Inteligencia. Consciencia. Integridad. Las guardas que decoraban sus sábanas. El conjunto que vestí para sorprenderlo y en el que no reparó a la hora de desvestirme la última noche.

Violeta. Lujo. Misterio. Sabiduría. Ambición. Dignidad. El buzo que solía robarle cada vez que lo visitaba.

Él era la gota de lluvia, el prisma con el que Newton probó su teoría. Yo, la luz blanca que lo atravesaba y se refractaba.


Blanco. Pureza. Inocencia. Optimismo. Suavidad. Nobleza. Los cigarrillos después de la comida y del buen sexo.

Negro. Poder. Elegancia. Silencio. Muerte. Misterio. Las cenizas que caían sin querer sobre su acolchado favorito.

Juntos éramos capaces de formar un arcoíris de colores brillantes en un mundo blanco y negro, en un mundo desesperanzado.

Habrá lluvia. Habrá luz. Pero no existirá un arcoíris sin lluvia ni luz capaz de descomponerse y alucinar sin un prisma.

Latidos indomables

Mi celular vibró al mensaje de ‘¿cómo estás?’, seguido de un ‘¿qué hacés? ¿tenés ganas de venir a casa y ponernos al día?’.

Hacía mucho que no nos veíamos y hacía bastante que no hablábamos realmente, solíamos hacerlo a diario pero algunas cosas llegan abruptamente a su fin pese a que uno realmente no lo quiera.

Me cambié sin analizar demasiado qué iba a vestir, salí de casa, tomé un colectivo, él ya estaba esperándome en la parada y juntos caminamos hasta su casa. Abrimos un vino, cocinamos y comimos mientras hablábamos sobre nuestras vidas.

Se levantó de la mesa para llevar los platos hacia el lavabo y yo, casi sincronizadamente, lo hice para dirigirme al baño. Ahí estábamos enfrentados después de tanto que habíamos pasado, me miraba a los ojos con la misma luz y amor que alguna vez me enseñó, se acercó un poco más a mi boca, me besó suavemente y me sonrió.

Nuestro cuerpo tiene memoria sensorial, la presión de sus labios sobre los míos, la forma en que me besó y me tomó de la cintura para acercarme más a su cuerpo, sus caricias en mi espalda y en mi cuello fueron un viaje de ida a aquel lugar que alguna vez fue tan reconfortante.

Por momentos estábamos confundidos, miedosos de lastimarnos, buscando aprobación en las acciones del otro. Caminé hacia atrás hasta asentarme contra una pared, él me desabrochó la camisa, yo le saqué la remera. Salté y me así a su cuerpo con las piernas, con una mano me sostenía y al tiempo en que besaba mi cuello, con la otra me desprendió y quitó el corpiño.

Así, poco a poco nos llevó hasta el sillón para perdernos en un mar de besos y caricias. Conoce mis zonas erógenas, mis puntos débiles. Sabe excitarme. Sé excitarlo. Puedo sentirlo en su respiración, en su cuerpo. Teníamos una mezcla de temor, felicidad y un fuego difícil de extinguir.

Me dijo de ir a su habitación y lo seguí convencida. Se desvió para apagar las luces y yo lo hice para ir al baño rápidamente. Tres minutos después salí y no lo encontré en la cama, lo llame por su nombre y lo escuche contestarme desde el comedor. Ahí estaba, sentado en el sillón con su remera puesta. Sabía que algo no iba bien, no era un comportamiento normal en él.

Me puse la camisa y me senté a su lado. Entonces, por primera vez, me miró con los ojos llorosos.

-Me acosté con ella -afirmó y sentí como el mundo se caía a mis pies por escuchar una verdad que ya conocía. -Sigo sintiendo lo mismo por vos, pero no puedo -dijo con la voz entrecortada. -No sos vos, no tenés la culpa.
-Lo sé -le contesté pese a que había intentado culparme tiempo atrás.
-Te amo. Yo, pero yo no -empezó a titubear.
-Yo también -hice una pausa. -Sí, lo sé.

No era necesario que siguiese buscando excusas en su cabeza para justificar el no poder involucrarse realmente con lo que por tanto tiempo había deseado y necesitado, un corazón salvaje.

Bajo tierra

Mi perro, como muchos otros, tiene la costumbre de hacer pozos. Es muy simple darte cuenta cuándo estuvo en el jardín cavando, podés encontrarlo siguiendo el caminito de huellas hasta que llegás a sus patas delanteras llenas de tierra al igual que su trompa.

Una Navidad sacó todos los adornos que el árbol tenía a su altura y los llevó uno a uno hasta el patio, a algunos los escondió, a otros creyó haberlos escondido y al resto los dejó dispersos por la casa. Era una diversión para él y fue un trabajo extra para mí que tuve que desenterrarlos y limpiarlos. Nunca más volvimos a colocar los adornos tan bajo en el árbol. Sólo espero no aprenda a quitar las boas de colores.

Hace unos días vino hacia mí con el hocico lastimado y embarrado, había estado enterrando un hueso. Desde mi punto de vista no encuentro nada atractivo en comer algo que está acompañado de tierra, pero ellos no lo ven así, ellos esconden su comida para reservarla y consumirla más tarde.

Es muy divertido verlo hacer un pozo con tanto entusiasmo y preocuparse por dejarlo bien tapado cuando realmente para mí es fácil descubrir sus escondites por los pequeños montoncitos de tierra que deja.

Limpié su trompa con cuidado sabiendo que en algún momento, si aún le resultaba interesante, volvería a ésos lugares a remover y desenterrar viejos tesoros.


Contrariamente, mi pozo fue profundo y me tomó tiempo. Hacerlo no se sintió divertido ni entretenido pero sé que nadie podría notarlo, nadie más podría saber de su existencia. Yo fui más prolija, no dejé pequeños montoncitos, no dejé rastros.

Mis manos están lastimadas, mis rodillas están sucias, mi cara está manchada. Me creo más liberada.

El tiempo pasará, la tierra se asentará y bajo ella todo quedará. Renacerá o se desintegrará pero yo, en cambio, espero no volver.


Enterrarte, sabiendo cómo encontrarte.

Corona de hielo

Siempre tuvo una manera pasiva de cautivar a cualquiera, parecía que su mística era capaz de atraparte y no dejarte ir jamás. La mayoría caía a su pies sin poder evitar su encanto, hubo pocas excepciones y yo no fui una.

Su sola presencia podía congelar el mismísimo infierno, no necesitabas verla para saber que estaba cerca. Los veranos a su lado eran agridulces, sentías calidez por dentro aunque tu cuerpo necesitaba un abrigo y tus manos estaban entumecidas por el frío.

Su mirada era fatal, casi nunca la dirigía hacia mis ojos y las pocas veces en que lo hizo terminó con todos los esquemas que nadie había logrado quebrantar. Sonreía poco, la mayoría de las veces era forzado o a escondidas, pero cuando sonreía realmente te deshacía el alma de ternura. Y cada vez que te tocaba podías sentir la electricidad correr e invadir tu cuerpo. Se sentía bien, se sentía como el sol en la cara un día de invierno.

Aumentaba tu ritmo cardíaco al punto en que tus latidos sonaban como un zumbido, luego te detenía el corazón y a los segundos lo revivía para después congelarlo y escucharlo astillarse. Era como el juego de las sillas con ella como directora de una orquesta invisible, jamás conocí a alguien con tanta gracia para cambiar de melodía.

Los magos e ilusionistas se veían opacados por sus entradas dramáticas y su facilidad para desvanecerse, el arte de la desaparición era uno de sus fuertes. Al principio no podía manejarlo, realmente nunca me acostumbré a estar sin ella, sólo me adapté, lo que lo empeora.

Si prestabas la suficiente atención, allá, escondido en un rincón de su castillo de hielo, podías ver la realidad. Estaba sola, herida y vacía. El amor la aterraba, no sabía manejarlo, no sabía tratarlo. Lamentablemente nunca comprendió que simplemente se lo deja ser, que se ama y se permite ser amado, que todo ronda a su alrededor y que tiene el poder de cualquier cosa, incluso de salvarte de vos mismo.

Siempre fue la más difícil y a la que más me costó llegar aunque cada tanto me dejaba acercarme, pero casi matemáticamente, por cada cosa que te daba te arrebataba tres, era inevitable, estaba en su ADN.

Ella, la más inalcanzable, pero a la que menos me costó amar.


Mi eje en la orilla

El hombre ha corrompido todo lo que ha podido, ha llegado a los límites y los ha traspasado; el progreso, la comodidad, el dinero y la tecnología parecen ser excusas suficientes. Hemos ido y vuelto desde la costa hasta el bosque más impenetrable, destruyendo, creando, alterando.

Las playas cada vez son más chicas y los balnearios más grandes, pero el mar sigue siendo, pese a todo, imponente, infinito e indomable; podrás ponerle algún que otro límite pero jamás podrás decirle cómo comportarse y eso es lo que lo vuelve tan admirable e irresistible.

Caminar por la orilla sin destino alguno, sintiendo la arena húmeda en mis pies, el sol acariciándome la cara y el viento tan típico acompañando mi andar, hacía que me hamaque dentro mío, alcanzando los extremos, conectándome con mi yo interno. Así, mientras recorría tantos metros imprimiendo un camino de huellas en la orilla del mar, desviándome sólo para subir a un muelle y disfrutar todo desde otra perspectiva, hallé mi eje.

Caía la tarde, refrescaba y el guardavidas de pelo largo cambiaba la bandera. No me había metido al mar y no podía volver al asfalto de la ciudad sin disfrutar de la sensación de libertad y renovación que te da zambullirte literal y completamente en aquella realidad por un momento.

Al principio fui hasta allí, donde la marea alcanza tus pies y lava la orilla, donde si te quedás un rato comenzás a hundirte, donde la naturaleza se ocupa de regalarte las mejores melodías, allí donde el agua arrastra todo lo impuro que intenta aferrarse a tu alma, donde estás a salvo de cualquier cosa, allí donde no importa cuánta gente hay a tu alrededor, son sólo el mar y vos.

Poco a poco fui adentrándome en él, las olas no esperaron demasiado en correr alteradas a darme la bienvenida, envolviéndome, abrazándome. Cada vez que alguna se desvanecía hacia la orilla me rodeaba de millones de burbujas de aire que descansaban sobre la superficie y se aferraban a mi piel hasta que viniese una nueva ola que las empujase. No podía decidirme entre sumergirme y nadar o quedarme en el agua mirando el horizonte. Ya dije cuán irresistible es el mar, ¿cierto?

Lamentablemente, como todos sabemos, en los mejores momentos el tiempo pasa demasiado rápido y tuve que devolverme a la realidad. Volví oxigenada, plena y liviana, hecha una niña en el cuerpo de una mujer adulta, pura nuevamente. Caminé, me duché, armé mi bolso y tomé un colectivo a casa. La escapada parecía haber terminado.

Desde entonces, cuando el día a día me atosiga, cierro los ojos y me transporto, veo las banderas flamear, respiro aquel aire, camino por la orilla  y vuelvo allí donde todo se transforma, donde todo se recicla, allí donde la soledad y la paz me permiten encontrarme nuevamente. Porque puede que físicamente esté acá, pero mi alma sigue en el mar jugando con las olas.



La diagonal

Es muy tarde. Demasiado temprano tal vez. Salgo de casa vistiendo sólo lo puesto. Calles desiertas y el sol asomándose allá a lo lejos; una imagen bastante bella y acogedora a decir verdad.

Yo, con mi paso firme pero tranquilo, disfrutando de la forma en que mis zapatillas tocan, se asientan y se levantan de las veredas, las calles y cada rincón de paso por el que transito. Las yemas de mis dedos y las palmas de mis manos se aventuran en las cientos de texturas que rozan. Ahí voy, despreocupada y nutriéndome de todo lo que está a mi alrededor.

Conozco mi entorno, las calles que rodean mi casa y los caminos para llegar a cada lugar que frecuento. Soy como un pac-man, siempre transitando un mundo plagado de ángulos rectos, yendo hacia un lado y hacia el otro pero sin romper con el patrón.

Camino, camino y camino hasta que repentinamente noto que en una esquina se genera una diagonal y la tomo sin pensarlo dos veces. Es una nueva aventura, una que me llena de emoción y me genera adrenalina. Se siente como un mundo nuevo, como si hubiese cruzado a través de una puerta mágica que te traslada a otra dimensión.

Una sensación nueva recorre cada uno de mis nervios. Mirada emocionada, respiración acelerándose. Me siento como un niño y no podría estar mejor.

Tal vez me pierda, es una gran posibilidad dado a que acostumbro a vivir dentro de un mundo a cuadros y con rutas predeterminadas. Como dije, el sol recién está saliendo, tengo todo el día para descubrir un nuevo camino a casa.

Tal vez me pierda. Tal vez me encuentre.