Recuerdo la primera vez que lo vi, todo mi alrededor estaba calmo y al escucharlo hablar identifiqué su voz que minutos antes había sobresalido de entre la multitud, grave y seductora.
Pese a mi forma de ser nunca llamé demasiado la atención por lo que jamás pensé que iba a acercarse a mí para hablar, no imaginé que con el pasar del tiempo sus besos de despedida iban a acercarse cada vez más a mi boca.
Dicen que lo prohibido atrae y no podría estar más de acuerdo. Prohibida debería haber estado su invitación, prohibido tendría que haber estado que yo aceptase. En transgredir los límites parecía que éramos los mejores y hasta puede que reescribiéndolos lo hayamos sido.
Disfrutaba cada minuto a solas tanto como sufría los momentos en que estaba con ella. Deseaba que tome mi mano al caminar por la calle o poder estar a su lado en una reunión con amigos. Lo necesitaba.
Comprendí que el protagónico es importante pero un buen secundario suma, mientras que a la vez entendí que no quería sumar hacia su lado restando del mío. Mantengamos las cuentas claras se suele decir.
No sé si era amor, nunca entendí qué sentía por mí ni tampoco qué sentía realmente por ella. Sólo sé que el deseo era irresistible y que estar bajo las sábanas con él no podía sentirse mejor, pero ya estaba perdiendo el aire en sus brazos y en control en cada uno de sus besos.
En el escenario del amor merezco todas las luces apuntándome y no un papel secundario; antes elijo estar sin ninguna luz en lo absoluto.
Me bajo de esta obra.







