Bajo tierra

Mi perro, como muchos otros, tiene la costumbre de hacer pozos. Es muy simple darte cuenta cuándo estuvo en el jardín cavando, podés encontrarlo siguiendo el caminito de huellas hasta que llegás a sus patas delanteras llenas de tierra al igual que su trompa.

Una Navidad sacó todos los adornos que el árbol tenía a su altura y los llevó uno a uno hasta el patio, a algunos los escondió, a otros creyó haberlos escondido y al resto los dejó dispersos por la casa. Era una diversión para él y fue un trabajo extra para mí que tuve que desenterrarlos y limpiarlos. Nunca más volvimos a colocar los adornos tan bajo en el árbol. Sólo espero no aprenda a quitar las boas de colores.

Hace unos días vino hacia mí con el hocico lastimado y embarrado, había estado enterrando un hueso. Desde mi punto de vista no encuentro nada atractivo en comer algo que está acompañado de tierra, pero ellos no lo ven así, ellos esconden su comida para reservarla y consumirla más tarde.

Es muy divertido verlo hacer un pozo con tanto entusiasmo y preocuparse por dejarlo bien tapado cuando realmente para mí es fácil descubrir sus escondites por los pequeños montoncitos de tierra que deja.

Limpié su trompa con cuidado sabiendo que en algún momento, si aún le resultaba interesante, volvería a ésos lugares a remover y desenterrar viejos tesoros.


Contrariamente, mi pozo fue profundo y me tomó tiempo. Hacerlo no se sintió divertido ni entretenido pero sé que nadie podría notarlo, nadie más podría saber de su existencia. Yo fui más prolija, no dejé pequeños montoncitos, no dejé rastros.

Mis manos están lastimadas, mis rodillas están sucias, mi cara está manchada. Me creo más liberada.

El tiempo pasará, la tierra se asentará y bajo ella todo quedará. Renacerá o se desintegrará pero yo, en cambio, espero no volver.


Enterrarte, sabiendo cómo encontrarte.