Rojo. Atracción. Deseo. Pasión. Calidez. Amor. Peligro. Prohibición. Su color preferido. El vestido que usé la vez en que salimos a cenar con amigos. Las marcas de mi labial en su cuello.
Naranja. Entusiasmo. Alegría. Juventud. Fortaleza. Dinamismo. La llama de la vela que ardió tan fuerte como el fuego que intentamos apaciguar.
Amarillo. Positividad. Energía. Felicidad. Honor. Fortaleza. El vino con el que brindamos aquella noche que decidimos irnos lejos y escapar por un momento de esta ciudad.
Verde. Armonía. Frescura. Seguridad. Estabilidad. Serenidad. El pasto que tanto me molestaba arrancase mientras hablábamos. Las flores que acostumbraba a fumar.
Celeste. Salud. Suavidad. Tranquilidad. Entendimiento. Profundidad. El cielo que nos cubrió durante tantas tardes de encuentros. El color que más extraño sentaba a su piel.
Azul. Lealtad. Confianza. Inteligencia. Consciencia. Integridad. Las guardas que decoraban sus sábanas. El conjunto que vestí para sorprenderlo y en el que no reparó a la hora de desvestirme la última noche.
Violeta. Lujo. Misterio. Sabiduría. Ambición. Dignidad. El buzo que solía robarle cada vez que lo visitaba.
Él era la gota de lluvia, el prisma con el que Newton probó su teoría. Yo, la luz blanca que lo atravesaba y se refractaba.
Blanco. Pureza. Inocencia. Optimismo. Suavidad. Nobleza. Los cigarrillos después de la comida y del buen sexo.
Negro. Poder. Elegancia. Silencio. Muerte. Misterio. Las cenizas que caían sin querer sobre su acolchado favorito.
Juntos éramos capaces de formar un arcoíris de colores brillantes en un mundo blanco y negro, en un mundo desesperanzado.
Habrá lluvia. Habrá luz. Pero no existirá un arcoíris sin lluvia ni luz capaz de descomponerse y alucinar sin un prisma.
